Pebbels♥ TO FUCK ALL
Proyectamos todos nuestros anhelos en el mundo exterior, sin darnos cuenta de que la felicidad que deseamos pertenece al alma. El amor romántico nos cautiva porque es el hilo que nos une a lo desconocido. Pero a causa de que nuestra sociedad ha denostado el mundo interior, estamos abocados al señuelo de las promesas de amor y así, demasiado fácilmente, el romance se convierte en emoción y pasión. La nostalgia es el lado femenino del amor, la copa que espera ser llenada. Es un estado muy dinámico pero, al mismo tiempo, de receptividad. Debido a que, desde tiempos remotos, nuestra cultura ha denostado lo femenino, hemos perdido contacto con muchas de las sutilezas de las cualidades femeninas del amor. Aún cuando entendemos el instinto materno, olvidamos la actitud de receptividad que nos es necesaria para responder a las necesidades del otro. Y justo necesitamos esa cara del amor para alimentar al niño, pero también nos es indispensable para nutrir al pequeño que llevamos dentro. Necesitamos reivindicar esa nostalgia, poseer su fuerza y conocer su razón de ser. Asimismo, necesitamos afirmar las raíces espirituales del amor, para que los que deseen algo más que lo material, sepan el origen de su descontento y no lo confundan con depresión. Esperamos al Amado pero, mientras tanto, debemos estar atentos a lo que el amor demanda, y éste necesita ser escuchado con un oído interior atento. No es un estado de pasividad, sino de entrega a las necesidades del otro. Si oímos con todo nuestro ser, nos damos a nosotros mismos, rindiéndonos al misterio de nuestro propio corazón, y así permitimos que algo infinitamente superior al ego, nazca dentro de nuestra a conciencia. Es a través de este estado de dulce abandono que somos transportados al circulo interno del amo, donde nos transformamos y abrimos a lo desconocido. Las relaciones humanas son una maravillosa oportunidad de comenzar a aprender a percibir el amor. En una verdadera relación amorosa, se produce una conexión de corazón a corazón, de alma con alma, que no debería ser confundida con los apegos y las dependencias mutuas. La diferencia estriba en que donde hay amor existe espacio, y cuando dos personas se aman, no se atan, porque tienen holgura, y es en esa apertura donde uno puede familiarizarse con los caminos del amor. Kalil Gilbran, en su libro “El Profeta”, dice: Amaos el uno al otro, pero no hagas de ello una atadura. dejad que el amor sea como un mar ondulante que bañe las playas de vuestra alma. Hago la salvedad de que no se debe confundir la atadura con el compromiso. La atadura limita, el compromiso voluntario, propio y compartido, es un fantástico camino de crecimiento personal. El amor florece en ese espacio que existe entre dos almas. Allí hay inspiración y expiración, tiempo para estar juntos y oportunidad para estar solos. Es en ese sitio clave donde tiene lugar la relación mágica entre dos seres, porque es allí donde lo eterno se convierte en temporal. Este espacio vital donde los corazones se unen, es el templo sagrado de cualquier relación. Sin él, queda sólo la dinámica de nuestras proyecciones y deseos. Lamentablemente, este lugar, primordial e indispensable en toda relación que quiera aspirar a algo más que lo intrascendente, es ignorado y ensombrecido por las ya conocidas demandas del ego, el miedo a la soledad, al fracaso, a la entrega sin reservas, y a las complejas pautas de nuestras limitaciones. Nadie ignora que estamos viviendo tiempos de crisis de todo tipo. Y todo apunta a que una de las causas es la excesiva demanda y la poca o nula oferta válida. Extrapolemos esto al amor. Y ahí, sí tenemos pocas dudas sobre lo que damos y muchas quejas de lo que recibimos. Pero, ¿es que nuestra ceguera es tal que no podemos reconocer que, a veces, ofrecemos un “amorcillo” de rebajas, en horas de escasez, compatible con el ordenador, que no nos ocupe sitio y, a poder ser, en nuestros ratos libres? Y, no contentos con eso, además, pretendemos que funcione, a costa de recibir a cambio algo auténtico, que, desgraciadamente, con bastante frecuencia, nos parece que le corresponde aportar al otro. Otra causa es la falta de sinceridad en el monodiálogo, no sólo con el otro, sino también con uno mismo. Y cuando somos conscientes de que es difícil reconocer los propios errores, y mucho más, asumirlos e intentar corregirlos, eludimos el tema, echando balones fuera, para así huir de nuestra propia responsabilidad, dejando la pelota en tejado ajeno, y esperando que el otro cambie para hacernos felices. Y si no actúa según nuestros deseos, será porque no quiere, no puede, o no sabe. Y el otro puede hacer exactamente igual que nosotros: nada. Aún así, si nos rindiéramos a la dinámica amorosa de una relación, en lugar de escuchar sólo nuestras propias necesidades y deseos, podríamos intentar descubrir este mágico paraje de encuentro. Ese gran reto, abierto a todos, es deseado por algunos, afrontado por otros, obviado y temido por muchos, inalcanzable para los más, y refugio seguro de aquéllos afortunados que luchan por superarlo y lo consiguen.


